La muerte en Toraja

La muerte es el último tabú de occidente. Qué raros somos: la muerte es también el último destino, y aún así preferimos hacer el viaje a ciegas. Viajando es mucho más fácil, en la mayoría de los casos, haber leído antes sobre el lugar al que te diriges. Llegar es complicado y hostil, así que tener algún referente siempre ayuda. ¿Por qué, si la vida es viajar hacia la muerte, nos empeñamos en llegar a ciegas?

En otras culturas no es así. Hemos estado en Indonesia, un país que tiene cientos de islas, pero nos hemos centrado en una sola: Sulawesi (Célebes). Es una isla retorcida, amorfa, muy difícil de recorrer por tierra, así que dentro de Sulawesi nos hemos limitado a dos zonas: el sur y el norte. Del norte, donde hemos hecho submarinismo, ya os hablaremos más adelante. En el sur está Makassar, la capital de la isla, extraña ciudad con mar pero sin playa. Desde ahí puedes ir a la zona que de verdad es interesante: Tana Toraja. El interés, sobre todo, es a nivel antropológico: los rituales funerarios son una cosa única. Los “trekkings” son también magníficos: estuvimos dos días caminando entre terrazas de arroz y durmiendo en la casa que nos dejó una familia.

 La sociedad torajana vive totalmente encarada a la muerte, tanto que uno tiene la sensación de que vive sólo para poder ser enterrado con dignidad. Cuando alguien de la familia muere se pone en marcha un engranaje complicadísimo, carísimo, perfecto, que lleva a sus allegados a celebrar dos funerales: el más inmediato, más pequeño, en cuanto la persona ha muerto, y otro al cabo de los años. Así, el cuerpo se guarda en casa durante, uno, dos, diez años, sazonado con hierbas medicinales y ungüentos locales para que no se descomponga y no huela (ignoramos si eso es científicamente posible), y mientras el tiempo transcurre van organizando la celebración.

Nosotros pudimos asistir a una de estas celebraciones, y todavía no damos crédito. No es ninguna intromisión en la intimidad de la familia: para ellos, tener extranjeros con cámaras en el funeral da un toque pintoresco y denota prestigio, entre otras cosas porque el muerto lleva años muerto y el funeral no es, por tanto, la expresión social del duelo. El duelo hace años que pasó. Nosotros asistimos al funeral con Sebastián, un amigo argentino que llevaba varios días asistiendo a los funerales y varias semanas en Indonesia, así que ya sabía cómo hay que comportarse, hablaba algo de indonesio y nos ayudó a conversar con los locales.

Se trata de una reunión masiva, de cientos de personas: han tenido tiempo de prever el día con antelación, así que toda la familia, venida desde cualquier rincón del mundo, se reúne. También amigos y conocidos del lugar. Durante unas horas están hablando tranquilamente sentados bajo los techos del “tonkonan”, la casa típica torajana que imita la quilla de un barco (a pesar de que la costa queda lejos de Toraja, cuenta la historia que sus antepasados llegaron por mar). A mediodía comen, y mientras todo esto ocurre el ataúd, de un rojo subido, con el cuerpo del muerto dentro, preside el patio. De vez en cuando una mujer, como interpretando un papel, se lanza encima y llora desconsolada. El llanto, de verdad, no resulta creíble.

Después de comer, los hombres levantan el ataúd con todos los pesados ornamentos y se lo llevan de procesión. Los porteadores bailan y cantan y ríen, se hacen bromas entre ellos, no hay solemnidad ni tristeza. La familia más cercana, vestida de negro, les sigue y se deja contagiar por el jolgorio.

A la vuelta de la procesión, la sangre llama a la sangre. El búfalo, el animal más importante de la comunidad, hace su aparición. La comunidad torajana vive centrada en él, no porque sea un instrumento de trabajo (raramente los hacen trabajar en los campos de arroz), sino porque es el símbolo más claro de prestigio. Tanto es así, que un búfalo vale entre 2.000 y 30.000 euros. Como un coche. Los búfalos, en realidad, sólo sirven para ser sacrificados cuando mueres. Cuantos más búfalos sacrificas, más alto es el estatus social que demuestras. Hay familias que trabajan cada día de sol a sol y viven en casas que se caen a pedazos para poder ahorra y comprar búfalos que sus hijos puedan sacrificar el día de su muerte. Serán enterrados también con sus joyas: puede que las necesiten allá donde vayan después de la muerte. No las heredarán sus hijos. Es una manera extraña (propia) de interpretar el cristianismo. Porque en Toraja la mayoría de la gente es cristiana (católica o protestante), aunque Indonesia sea el país con más musulmanes del mundo.

El espectáculo es desgarrador. El búfalo espera confiado en mitad del patio: está tranquilo, no teme a los hombres, que tan bien le han tratado durante toda su vida. De pronto, con un movimiento seco, uno de ellos le corta la yugular, y del cuello del animal la sangre brota como de un aspersor en marcha. Durante un instante no siente nada, pero en seguida se retuerce y salta de dolor. Al cabo del rato se queda quieto: está perplejo, no entiende qué le pasa. Las fuerzas le fallan, y con ellas las patas. Se arrodilla, sumiso, se estira, como si por fin entendiera. Cierra los ojos, tranquilo. Parece muerto, pero en realidad se tarda mucho en morir. Los hombres tienen prisa: en cualquier momento va a volver a llover. Le asestan una puñalada rápida en las patas y en el coxis, y empiezan a desollarlo. El animal patalea, aún está vivo mientras le arrancan la piel. Los niños ríen alrededor y le dan con un palo. No sabemos si el animal vive o son sus músculos que se contraen desde la muerte. Por fin, al cabo del rato, ya no hay respuesta.

En pocos minutos la piel queda tendida en el suelo como un disfraz, las vísceras se amontonan bajo una nube de moscas y la carne se corta en un momento y se reparte entre los asistentes, que aceptando esa carne contraen algo así como una deuda. Todo pasa a una velocidad pasmosa. Ahora sólo quedan huesos en el suelo, sobre un charco negruzco de sangre y barro y moscas. Cómo puede ser que de algo surja tan rápido la nada.

El funeral durará tres, cuatro, cinco días, una semana. Depende del estatus social de la familia. El segundo día sacrificarán más búfalos, diez, tal vez, de una tangada. No hay que ser un genio para ver lo cara que les sale la muerte. También se sacrificarán pollos, y cerdos. ¿Pero quién puede juzgar lo que ahí sucede? Si aparcamos cuestiones simbólicas, como los búfalos o la importancia de las apariencias (y ya sé que es mucho apartar), detrás de estas celebraciones late una muerte amiga, cercana y alegre, natural, tranquila, en lugar de nuestra muerte oscura, solemne y ridículamente escondida. 

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2 respostes a La muerte en Toraja

  1. Alvaro diu:

    Muy buen texto. Tiene que ser impresionante.

  2. Que no Uri, que ya te lo dije, que el país con más musulmanes es Indía! ;)

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