Look at the blue

Deixar anar l’aire de l’armilla. Compensar. Respirar. Submergir-se. Respirar. Compensar. Respirar i sentir la respiració. Bombolles. Tornar a compensar. I volar.

Aquesta és la partitura bàsica de l’inici de l’activitat a la que vam dedicar 5 dies: el submarinisme. I és també la cadència d’entrada a un món nou, proper i llunyà, que passa per sobre tots els tòpics amb elegància suau. Sí, a 18 metres sota la superfície marina tot és pau i calma. Sí, la sensació de planejar per l’aigua et fa sentir com les aus que segueixen els corrents d’aire. Sí, respirar allà baix té el record de la meditació i la concentració. Però la nostra experiència va més enllà de tot això.

El primer que sentim és l’extrema habituació del nostre cos a la gravetat. Perdre el sentit del pes ens fa redefinir la relació amb la carn i els ossos. De sobte, experimentem la plena consciència de cada moviment, de cada gest, mentre parem atenció a com reacciona el cos a la nostra voluntat. Anar cap allà, girar i, sobretot, mantenir la flotabilitat, es converteixen en un aprenentatge semblant a caminar per primer cop. Tot és nou, perquè nosaltres també som nous, a través de l’entorn. El pes i la incomoditat de l’equipament adquireixen sentit només sota l’aigua, on res s’assembla a les coses que ja sabíem.

La segona impressió inesborrable és la d’haver d’aprendre també a tornar a mirar. Una pedra pot ser un peix i una fulla un crustaci. Adaptar la mirada, refer el ritme, adquirir la paciència de deixar que la natura es mostri davant nostre és una sensació plaent que ens recorda un cop més que no sabem res i que les coses només són allò que aconseguim desxifrar.

I, finalment, el gran blau. Vam fer submarinisme a Bunaken, uns dels paradisos segons els entesos, perquè està ple de parets de corall de centenars de metres de profunditat amb aigües càlides. Vam veure tortugues gegants, peixos trompeta, llagostes, escorpins de mar, cargols, coralls i milers de coses més. Però de tant en tant, el gran blau. “Remember to look at the blue sometimes”, ens deia l’instructor. I allà, amb la mirada cap a la banda oposada de la paret, el no res blau intens. La sensació més gran de vertigen, d’enormitat, d’espai exterior o estepa mongola. És un forat negre (blau) que conté totes les ombres, les criatures monstruoses, les pors heretades de la vida en terra ferma, les projeccions de la guerra d’un contra un mateix. I, de sobte, navegant en dansa clàssica, un tauró curiós ens recorda tots els misteris que, ni amb tota una vida de viatge, podrem resoldre mai.

I no fa por, perquè la por neix d’oblidar de mirar, de tant en tant, de cara al blau.

Anuncis
Publicat dins de Fotografia, Reflexió | Etiquetat com a | 2 comentaris

La muerte en Toraja

La muerte es el último tabú de occidente. Qué raros somos: la muerte es también el último destino, y aún así preferimos hacer el viaje a ciegas. Viajando es mucho más fácil, en la mayoría de los casos, haber leído antes sobre el lugar al que te diriges. Llegar es complicado y hostil, así que tener algún referente siempre ayuda. ¿Por qué, si la vida es viajar hacia la muerte, nos empeñamos en llegar a ciegas?

En otras culturas no es así. Hemos estado en Indonesia, un país que tiene cientos de islas, pero nos hemos centrado en una sola: Sulawesi (Célebes). Es una isla retorcida, amorfa, muy difícil de recorrer por tierra, así que dentro de Sulawesi nos hemos limitado a dos zonas: el sur y el norte. Del norte, donde hemos hecho submarinismo, ya os hablaremos más adelante. En el sur está Makassar, la capital de la isla, extraña ciudad con mar pero sin playa. Desde ahí puedes ir a la zona que de verdad es interesante: Tana Toraja. El interés, sobre todo, es a nivel antropológico: los rituales funerarios son una cosa única. Los “trekkings” son también magníficos: estuvimos dos días caminando entre terrazas de arroz y durmiendo en la casa que nos dejó una familia.

 La sociedad torajana vive totalmente encarada a la muerte, tanto que uno tiene la sensación de que vive sólo para poder ser enterrado con dignidad. Cuando alguien de la familia muere se pone en marcha un engranaje complicadísimo, carísimo, perfecto, que lleva a sus allegados a celebrar dos funerales: el más inmediato, más pequeño, en cuanto la persona ha muerto, y otro al cabo de los años. Así, el cuerpo se guarda en casa durante, uno, dos, diez años, sazonado con hierbas medicinales y ungüentos locales para que no se descomponga y no huela (ignoramos si eso es científicamente posible), y mientras el tiempo transcurre van organizando la celebración.

Nosotros pudimos asistir a una de estas celebraciones, y todavía no damos crédito. No es ninguna intromisión en la intimidad de la familia: para ellos, tener extranjeros con cámaras en el funeral da un toque pintoresco y denota prestigio, entre otras cosas porque el muerto lleva años muerto y el funeral no es, por tanto, la expresión social del duelo. El duelo hace años que pasó. Nosotros asistimos al funeral con Sebastián, un amigo argentino que llevaba varios días asistiendo a los funerales y varias semanas en Indonesia, así que ya sabía cómo hay que comportarse, hablaba algo de indonesio y nos ayudó a conversar con los locales.

Se trata de una reunión masiva, de cientos de personas: han tenido tiempo de prever el día con antelación, así que toda la familia, venida desde cualquier rincón del mundo, se reúne. También amigos y conocidos del lugar. Durante unas horas están hablando tranquilamente sentados bajo los techos del “tonkonan”, la casa típica torajana que imita la quilla de un barco (a pesar de que la costa queda lejos de Toraja, cuenta la historia que sus antepasados llegaron por mar). A mediodía comen, y mientras todo esto ocurre el ataúd, de un rojo subido, con el cuerpo del muerto dentro, preside el patio. De vez en cuando una mujer, como interpretando un papel, se lanza encima y llora desconsolada. El llanto, de verdad, no resulta creíble.

Después de comer, los hombres levantan el ataúd con todos los pesados ornamentos y se lo llevan de procesión. Los porteadores bailan y cantan y ríen, se hacen bromas entre ellos, no hay solemnidad ni tristeza. La familia más cercana, vestida de negro, les sigue y se deja contagiar por el jolgorio.

A la vuelta de la procesión, la sangre llama a la sangre. El búfalo, el animal más importante de la comunidad, hace su aparición. La comunidad torajana vive centrada en él, no porque sea un instrumento de trabajo (raramente los hacen trabajar en los campos de arroz), sino porque es el símbolo más claro de prestigio. Tanto es así, que un búfalo vale entre 2.000 y 30.000 euros. Como un coche. Los búfalos, en realidad, sólo sirven para ser sacrificados cuando mueres. Cuantos más búfalos sacrificas, más alto es el estatus social que demuestras. Hay familias que trabajan cada día de sol a sol y viven en casas que se caen a pedazos para poder ahorra y comprar búfalos que sus hijos puedan sacrificar el día de su muerte. Serán enterrados también con sus joyas: puede que las necesiten allá donde vayan después de la muerte. No las heredarán sus hijos. Es una manera extraña (propia) de interpretar el cristianismo. Porque en Toraja la mayoría de la gente es cristiana (católica o protestante), aunque Indonesia sea el país con más musulmanes del mundo.

El espectáculo es desgarrador. El búfalo espera confiado en mitad del patio: está tranquilo, no teme a los hombres, que tan bien le han tratado durante toda su vida. De pronto, con un movimiento seco, uno de ellos le corta la yugular, y del cuello del animal la sangre brota como de un aspersor en marcha. Durante un instante no siente nada, pero en seguida se retuerce y salta de dolor. Al cabo del rato se queda quieto: está perplejo, no entiende qué le pasa. Las fuerzas le fallan, y con ellas las patas. Se arrodilla, sumiso, se estira, como si por fin entendiera. Cierra los ojos, tranquilo. Parece muerto, pero en realidad se tarda mucho en morir. Los hombres tienen prisa: en cualquier momento va a volver a llover. Le asestan una puñalada rápida en las patas y en el coxis, y empiezan a desollarlo. El animal patalea, aún está vivo mientras le arrancan la piel. Los niños ríen alrededor y le dan con un palo. No sabemos si el animal vive o son sus músculos que se contraen desde la muerte. Por fin, al cabo del rato, ya no hay respuesta.

En pocos minutos la piel queda tendida en el suelo como un disfraz, las vísceras se amontonan bajo una nube de moscas y la carne se corta en un momento y se reparte entre los asistentes, que aceptando esa carne contraen algo así como una deuda. Todo pasa a una velocidad pasmosa. Ahora sólo quedan huesos en el suelo, sobre un charco negruzco de sangre y barro y moscas. Cómo puede ser que de algo surja tan rápido la nada.

El funeral durará tres, cuatro, cinco días, una semana. Depende del estatus social de la familia. El segundo día sacrificarán más búfalos, diez, tal vez, de una tangada. No hay que ser un genio para ver lo cara que les sale la muerte. También se sacrificarán pollos, y cerdos. ¿Pero quién puede juzgar lo que ahí sucede? Si aparcamos cuestiones simbólicas, como los búfalos o la importancia de las apariencias (y ya sé que es mucho apartar), detrás de estas celebraciones late una muerte amiga, cercana y alegre, natural, tranquila, en lugar de nuestra muerte oscura, solemne y ridículamente escondida. 

Publicat dins de Fotografia, Reflexió | Etiquetat com a | 2 comentaris

Feliç any nou

Publicat dins de Reflexió | Etiquetat com a | 13 comentaris

Kuala Lumpur es una escala

Kuala Lumpur causa recelo, un poco, al principio. Llegas al aeropuerto, tan grande, tan conectado con el mundo, y por un precio de risa tienes un autobús que te espera en la puerta para llevarte a una estación de tren puntera, reluciente, donde coges un tren luminoso, vacío, que cruza el cielo y te deja en el centro de la ciudad. De verdad: llegar a un aeropuerto y no enfrentarte a cientos de taxistas abalanzándose sobre ti y hablándote en un inglés mutante, no tener que negociar un precio que desconoces en una moneda cuyo valor todavía te parece incierto,  no estar pendiente de si el conductor te está dando vueltas que nada tienen de turísticas por la ciudad, es el paraíso. Porque llegar a un país nuevo, ya de por sí, tiene siempre un algo hostil que mina las fuerzas. Llegar a Kuala Lumpur también lo tuvo, pero a vez hubo algo fácil, ligero y bondadoso.


Desde el tren, de camino a la ciudad, ya puedes oler lo que le es propio: una capital de contrastes, como todas las capitales del sureste asiático (amplia, clara, alta, moderna, a la vez que densa y caliente), pero diferente: rascacielítica, desacomplejada, fluida, menos ingenua, más autoconsciente.

Y lamentamos que no haya lugar para el matiz, porque Kuala Lumpur sólo ha sido para nosotros una escala de dos días. Aún así, la imagen de las torres Petronas desde la base, gigantes, y la vista sobrecogedora desde la torre de telecomunicaciones ya se han hecho un hueco entre los recuerdos de otros lugares, más largos, más firmes.

Y también los centros comerciales: megaestructuras concebidas por alguna mente de otro mundo, pisos y más pisos, y marcas de ropa y Starbucks y árboles de navidad gigantescos y ñoños, con nieve artificial a 35º y papás Noel que sudan bajo el traje de felpa mientras una mezquita llama a la oración.

Y cines.

Dos noches estuvimos en Kuala Lumpur, dos noches fuimos al cine. Eso es posible porque, como pasa en la mayoría de países donde el inglés es un tronco y no una ramita que se quiebra, las películas están subtituladas, no dobladas.

La primera noche vamos a ver “New year’s eve”, una comedia romántica sobre Nochevieja ambientada en Nueva York. Es como ver un pulpo en un garaje: historias paralelas, ñoñas y perfectas como un árbol de navidad a 35º. El recuerdo, también, de que la vida en occidente sigue su curso, que Sarah Jessica Parker aún aguanta el vértigo de sus tacones imposibles y Hilary Swank envejece con estilo. Y de pronto recordar dónde estás: a mi lado se sienta una adolescente negra de rasgos asiáticos bajo el velo y tejanos pitillo, que se ríe exactamente de las mismas cosas de las que me río yo (¿qué extraño universo humorístico compartimos?), y envía mensajes por Whatsapp cuando las historias no le interesan. Kuala Lumpur es Nueva York. Y de vuelta, el fascinante monorraíl como una serpiente aérea mordiendo la ciudad.
La segunda noche cambiamos de centro comercial: éste tiene un cine con una de las pantallas más grandes del mundo, y un parque temático. Un parque temático dentro del centro comercial. Mientras esperamos a que empiece la película, nos subimos a la montaña rusa y revivimos el ansia adolescente de anteponer la adrenalina, el peligro, la euforia, a placeres más equilibrados. Nos mareamos –ya no somos los que éramos- pero repetimos, y llegamos al cine dando tumbos, a ver, claro, la última entrega de “Mission: Impossible”.

En fin, que Kuala Lumpur ha cumplido su función. Ahora, saciados de modernidad, volamos a Makassar, al sur de la isla de Sulawesi (Indonesia), donde nos ilusiona volver a caminar sendas menos transitadas.

Publicat dins de Fotografia, Geografia, Reflexió | Etiquetat com a | 2 comentaris

Sud-est asiàtic s’escriu amb guió?

     Si dins del nostre cap hi havia un punt d’inflexió en el viatge, aquest era sens dubte el vol de Paro (Butan) a Bangkok (Tailàndia). Fora polars, fora jaquetes de pluja, fora bambes. Amb el Sud-est asiàtic ha començat un altre viatge, més fàcil, més a prop del mar. Ara bé, tot i la il·lusió, sentim estranyament, com una mena de remor llunyana, com un parany, la crida dels paisatges freds i muntanyosos que deixem enrera.

     Tailàndia i Laos han estat un parèntesi, per l’experiment de viatjar amb els pares (els quatre pares), i per tot el que això comporta: gestionar les necessitats d’un grup tan heterogeni sense renunciar al nostre viatge; encabir l’emoció de veure’ls en la rutina de ser dos i només dos durant mesos; preparar l’estómac per a la digestió del pernil i el formatge després de tant de temps a base de fideus i arròs.

Estem molt contents d’haver sobreviscut a l’experiència, de sentir-nos més a prop de les nostres famílies i d’haver trobat la manera de fer-los participar d’aquest projecte important per a nosaltres.

     Abans de reunir-nos amb ells ens trobem amb l’Ari i l’Aly (i els pares de l’Aly) a Bangkok: fer-ho és un assaig, l’assaig de l’emoció de trobar-se amb la família.

Els tres dies amb elles se’ns fan tan curts que sembla impossible, i ens separem amb una sensació dual: d’agraïment pel tastet d’amistat, i d’injustícia, per allò del caramel a la boca.

Amb els nostres pares ens reunim també a la xafogor de Bangkok, visitem la ciutat i després de dos dies agafem un tren cap a Chiang Mai, al nord de Tailàndia, esquivant de poquet les inundacions. Allà participem d’un dels festivals més importants de l’any: la lluna plena de novembre, que coincideix també amb la celebració del final de l’època de pluges. Els carrers de Chiang Mai estan plens de gent fent volar lamparetes de paper. El cel queda tot tacat de llums taronges: si segueixes bé la teva llum voladora tens ben bé la sensació de posseir secretament una estrella.

De Chiang Mai anem a Chiang Rai, i d’allà creuem la frontera amb Laos per baixar el riu Mekong en vaixell durant dos dies, al més pur estil Apocalypse Now.

 
     La baixada del Mekong ens porta fins a Luang Prabang, petita, preciosa ciutat encabida entre dos rius, amb una activa vida espiritual: centenars de monjos cada dia, a les sis del matí, surten en processó per demanar menjar (arròs, sobretot). 
La gent del poble els espera agenollada, pacient, amb arròs que ells mateixos han cuinat. Gent pobra, molt pobra, dóna el poc que té als monjos. Gent encara més pobra voleteja entre de la llarga filera taronja i espera que els monjos els donin part de l’arròs que han rebut. És la caritat de dos caps.

 
    

De Luang Prabang volem de nou a Bangkok, i des d’allà lloguem una furgoneta per baixar els sis a l’illa de Koh Samui, on ens esperen uns dies de descans, massatges, piscina sobre la platja, sofà i pelis, peixet a la brasa i banyera amb vistes al mar.

 

Arriba el moment del comiat amb els pares, i es fa estrany que el viatge continuï, però hi ha poc temps per a nostàlgies: el dia següent, ara els dos sols, ja estem novament pujats a un bus. Creuem la frontera amb Cambodja (frontera caòtica fins a extrems inimaginables), i baixem a la ciutat de Seam Reap, des d’on es visiten les increïbles runes dels temples d’Angkor, les restes de la civilització antiga dels khmer. Guardem un record magnífic de la sensació reconfortant quan passeges (a peu o en tuk-tuk), pel recinte, immens, entre les parets color de blat daurat, amb la natura parasitant l’obra de l’home, guanyant-li la batalla del temps, mentre el sol es fa baix i finalment desapareix.


De Seam Reap agafem un altre bus fins a la capital de Cambodja, Phnon Penh. Al principi era només una parada tècnica, logística, per tramitar el visat de Vietnam, però només arribar ens sorprenen els parcs verds, enormes, amb gent jugant a bàdminton i passejant, les avingudes àmplies, la calma. I Tuol Sleng, el museu que abans fou presó, que abans fou escola, on s’exposen les cel·les on sobrevivien amb penes i treballs els presoners del règim comunista de Pol Pot, que va deixar prop de dos milions de morts. El museu no ens agrada, pel que té d’explícit, de poc explicatiu, de presó, al cap i a la fi, i decidim no allargar l’agonia i no visitar els “Killing fields”. Les marques del règim es poden veure, tan recents, entre la població cambodjanana: mostra que encara no és, pròpiament, història, que el país i els seus habitants encara no saben com interpretar els fets, ni com explicar-los.

     Tres dies després agafem un altre autobús per creuar la frontera amb Vietnam i fer una parada curta, de rigor, a Ho Chi Minh City, abans anomenada Saigon. Ens ataquen motos, milers de motos, per tot arreu, i amb valentia kamikaze aprenem a creuar el carrer confiant en la traça dels adolescents que les condueixen.

     De Ho Chi Minh City volem a Danang, al costat del magnífic poble de Hoi An, on passem tres dies entre les cases colonials, el passeig vora el riu, la platja de mar agitat i les passejades en bicicleta vora els camps d’arròs.

     De Hoi An viatgem a Hanoi, l’actual capital de Vietnam, en un bus nocturn que fa parada a la ciutat de Hué. Visitem la seva ciutadella durant unes hores, i després d’una nit de son impossible arribem a Hanoi. Ens allotgem al barri antic, amb carrerons estrets que tenen alguna cosa dels hutongs de Beijing, amb gent cuinant a totes hores sopa de fideus, el carrer ple, sempre, i les motos omnipresents, col·laborant a la bogeria. Visitem el temple de la Literatura en honor a Confuci i el mausoleu de Ho Chi Minh (amb el líder embalsamat).
Assistim, també, a l’espectacle de les titelles aquàtiques, que representen escenes de la vida quotidiana de la societat rural de Vietnam, i que aconsegueixen moviments terriblement reals.

Al cap d’uns dies de calma decidim desfer-nos de la mandra que ens ataca quan ja ens hem fet nostra la ciutat, i fem una excursió de tres dies en vaixell per la badia de Halong. La boira del primer dia fa aparèixer i desaparèixer, com fantasmes, les illes i les roques. L’espectacle és impagable.

El segon dia el cel està més clar i no passa factura ni el vi, ni la conversa amb les noies sueques, ni el karaoke de la nit anterior. Així que tot i els núvols i l’aire fred, ens envalentonem per recórrer la badia en kaiak, la millor marera de fer-te petit i descobrir coves i grutes i platges amagades. 

El mateix dia que tornem a Hanoi agafem un tren nocturn que ens porta a Sapa, al nord del país, una zona molt coneguda pels trekkings i les terrasses d’arròs.

Llàstima, perquè quan arribem està tot emboirat, cau una mena d’aigua neu, tot està enfangat i fa un fred que pela. Res de trekking aquesta vegada, així que el dia següent agafem un bus fins a la localitat, més remota, de Bac Ha, on som testimonis del millor mercat que haguem vist mai, amb gent de les tribus de la zona que ven i compra carn, i verdures, i teixits, i qualsevol cosa que se’ns pugui passar pel cap.

     Al vespre agafem de nou el tren cap a Hanoi, i tot i que hi arribem a les 4 del matí i tot és fosc i no hem dormit perquè compartíem vagó amb una dona de tos aspra, tornar al mateix hotel és, una mica, com tornar a casa. Voltem per la ciutat durant tres hores, mentre esperem que l’hotel obri la porta,  i així veiem com la ciutat desperta: a les sis els parcs del voltant del llac són plens de dones grans fent Tai Txi ben abrigades, joves juguen a bàdminton abans d’anar a escola, alguns homes corren i fan estiraments, i el fum de les sopes de carrer inunda l’aire.

     Ara ens estem recuperant tranquils del fred de Sapa, mandregem per Hanoi com si la ciutat fos nostra, gaudim de la sobtada transformació nadalenca de la ciutat i esperem que arribi el dia 16 per volar a Kuala Lumpur, on farem una escala de dos dies de camí cap a Indonèsia. L’espera de vegades pesa, però forma part del viatge; després de cinc mesos, la veritat, hem après a fer de l’espera una renaixença dolça.

Publicat dins de Fotografia, Geografia | Etiquetat com a , , , | 12 comentaris

Personatges

Aquí teniu les fotografies dels personatges que ens han fet companyia des de Xina: alguns han estat amb nosaltres un ratet, altres uns quants dies. Sigui com sigui, ells també són el viatge.

Publicat dins de Personatges | Etiquetat com a , , , , | Deixa un comentari

Butan o la felicitat des de l’escola

Una de les experiències més transformadores del que portem de viatge ha estat la visita a dues escoles de Butan, i les entrevistes amb els directors. Trenta nens de setze anys en una classe, tots ben posats i uniformats. Parlen tots un anglès fluït: des de petits cursen les assignatures en anglès i estudien el dzongkha, la llengua pròpia, com una assignatura més. Cultiven la Felicitat Interior Bruta (Gross National Hapiness), un terme encunyat pel quart rei de Butan, el pare de l’actual, i tota una declaració d’intencions: no podem competir en riquesa econòmica amb els gegants que tenim per veïns (Xina i Índia), però sí podem ser un país que destaqui per tenir un govern i una monarquia que es preocupen de veritat per la felicitat del poble.

Però què és la felicitat pels butanesos? Tres eixos principals la conformen: el sentit de comunitat, la supressió del desig descontrolat i la fe en el govern i la monarquia. Butan és una població petita (no arriba a un milió d’habitants), i tots se senten part d’una gran família. No hi ha corrupció, ni assassinats ni robatoris (dos a l’any, ens diuen). Paguen un màxim de 2% d’impostos, i amb això l’estat aconsegueix que l’educació i la sanitat siguin públiques. La font d’ingressos de l’estat no són els impostos, és clar: els diners venen del turisme (es paguen 200 dòlars americans per dia i per persona, amb tot inclòs) i de les centrals hidroelèctriques. Les comunitats rurals que no arriben a un mínim d’ingressos estan exemptes de pagar impostos. I aquí no hi ha engany: els butanesos no fan veure que guanyen menys diners per no pagar, per a ells una traïció així simplement és inconcebible. I això és gràcies a l’educació de l’escola, sí, però també de l’exemple familiar i comunitari.

Els butanesos aprenen també a estar agraïts per tenir allò que tenen. Comparteixen amb el budisme la creença que el patiment humà ve provocat pel desig i l’aferrament, així que des de petits aprenen a no desitjar més del que tenen, a controlar l’ambició desaforada. Això és difícil des que la televisió es va popularitzar al país a partir de l’any 2000: com que parlen i entenen perfectament l’anglès, miren molta televisió estrangera que els proposa models de felicitat ben diferents. Per contrarrestar-ho, l’escola té una assignatura dedicada només a analitzar els mitjans de comunicació i a desenvolupar un esperit crític que els ajudi a veure què hi ha darrera dels cantants i els actors famosos. Destriar, al cap i a la fi, la felicitat que només ho sembla, de la que de veritat ho és.

Finalment, els butanesos són molt patriòtics. De les parets de les cases, les escoles, les botigues, pengen fotografies del rei, sol o amb la seva nova i jove esposa. No vam trobar ningú que parlés malament del rei o del govern: estan contents, l’admiren i l’estimen, estan convençuts que fan el millor per al poble i estan terriblement orgullosos del seu model d’estat i de ser butanesos. Estan agraïts que la sanitat i l’educació siguin públiques, agraïts també que a Butan no hi hagi gent molt rica, perquè tampoc no hi ha gent molt pobre (ni una persona pidolant pel carrer). Entenen, per exemple, que el govern condemni amb presó la compra i venta de tabac, i hagi prohibit fumar en tot el país (fins fa tres mesos a Butan no es podia fumar ni a dins de casa, ara la prohibició només és pels llocs públics, també al carrer); ho entenen perquè saben que el govern ho fa pel bé dels ciutadans, perquè confien en el seu govern i no veuen en aquests gestos el paternalisme tou que criticaríem nosaltres.

Tot això implica, és clar, un model educatiu diferent al nostre, basat en el que anomenen “whole education”, educació holística: ja no té sentit fixar-se només en els aspectes cognitius, sobretot perquè ara el coneixement està a l’abast de tots fent només un click. Els butanesos eduquen tots els aspectes de la persona (cognitiu, sí, però també emocional, social, estètic, corporal i espiritual). Les dues escoles públiques que vam visitar semblaven donar molta importància a la disciplina, a l’aprenentatge de l’anglès (s’aprèn per poder entendre el món que els envolta, no per viatjar; de fet els butanesos, en general, no tenen la intenció de viatjar enlloc), i a la preservació de les tradicions. Per això ens va semblar un model tan valent: volen per sobre de qualsevol cosa preservar les tradicions però no tenen por d’ensenyar l’anglès i deixar entrar, a través dels mitjans de comunicació i del turisme, un model de felicitat alternatiu. I els hi funciona perquè tenen molta cura de tots els detalls: des dels professors, amb qui els alumnes no només tenen una relació de respecte sinó també de cura i amor honestos, fins als enunciats dels problemes de matemàtiques: per què dir que un pagès té deu vaques i li’n roben cinc, si pots dir que un pagès té deu vaques i en un acte d’amor i generositat li’n regala cinc al seu germà, que no en tenia cap?

I després hi ha l’altre Butan, el dels boscos frondossíssims de cedres olorosos, i el takin, que és un animal meitat cabra, meitat vaca, i l’arribada en avió entre les muntanyes de l’Himàlaia, i els temples antiquíssims sense turistes, i la visió impossible d’un monestir que es precipita sobre un penya-segat. Us deixem unes fotos perquè conegueu també aquest Butan, perquè tot i que ja n’hem parlat sovint, de la força creadora de la natura, i del que l’home és capaç de fer amb les seves mans, la sorpresa és per sort encara una constant.

Publicat dins de Fotografia, Geografia, Reflexió | Etiquetat com a | 1 comentari

Fotos Nepal

Aquí va un tastet del nostre mes al Nepal: la vida relaxada a Pokhara, el trekking impressionant dels Annapurnes i el retrobament interessant i fructífer, però sobretot tendre i preciós, amb el Román i la Gloria a Bouda, el barri de l’estupa gegant de Katmandú.

Publicat dins de Fotografia | Etiquetat com a | Deixa un comentari

8.848

Quan la natura crida, la persona, humil, calla. Per això hem trigat molts dies en escriure aquest text sobre un dels fenòmens naturals més impactants que hem pogut presenciar de prop: l’Everest.

Tots hem vist documentals de muntanya. Recordo els esplèndids “Al filo de lo imposible” de TVE, films d’ascensions i els recents reportatges del populista, frívol i, malgrat tot, simpàtic Jesús Calleja. Sabem que l’Everest no és la muntanya més difícil de pujar i també coneixem el seu pic en forma d’inconfusible piràmide (des de la cara Nord, la tibetana). Hem sentit històries d’escalades que es compliquen, d’operacions de rescat, de bombones d’oxigen i congelacions als dits dels peus. Que si edemes pulmonars, que si Hillary i el sherpa Tenzing Norgay, que si camp base o fideus deshidratats. Tot això forma part ja d’una cultura popular que sent fascinació envers aquells escassos metres quadrats de terra que se situen a més de vuit mil metres d’altitud. Però, per sobre de tot quest imaginari, emergeix una blanca i pura veritat: l’Everest.

O el Qomolangma (llegit Chomolangma), que és el nom tibetà de la muntanya.

L’aproximació a l’Everest manté cert encant d’exploració. Un no pot evitar sentir-se com el primer ésser humà que contempla l’escena grandiosa. L’Everest (8.848m) seu al tron d’una taula rodona plena d’il·lustres convidats: el Makalu (8.463m), el Lhotse (8.516m), el Cho Oyu (8.201m) i, una mica més apartat, el Shisha Pangma (8.046m). Un panorama que evangelitza fins i tot els més agnòstics del muntanyisme quan es contempla tot junt, entre els núvols.

I un pensa en la brillant cançó de Nacho Vegas, “Cerca del cielo”, traient-li tota olor narcòtica; i un pensa en la magnífica novel·la d’Unai Elorriaga, “Un tranvía en SP” i el misteri de les sigles, aquí només revelat a mitges; però tot es queda petit, petit, del tamany d’una mosca, del tamany d’un mosquit.

A mida que t’hi apropes, l’Everest es va mostrant més i més atractiu. Sembla que a cada metre redreci la seva postura per ser més fotogènic, més arquetípic, més Everest. Malgrat haver-lo vist en imprimació química mil vegades, el cim segueix provocant la impressió de ser descobert per primer cop. El veus i et sorprèn. El tractes d’oblidar una estona i, en girar-te, sorpresa de nou. El busques i et troba. Tanques els ulls i roman. Li passa com a les grans obres d’art humanes: t’hipnotitza, t’enverina i canvia alguna cosa dins teu que t’acompanyarà sempre més. L’Everest.

Publicat dins de Fotografia, Geografia, Reflexió | Etiquetat com a | 1 comentari

Hostias intelectuales

Estuvimos en Sera. Un precioso monasterio budista cercano a Lhasa, la capital de Tíbet. Allí asistimos a un espectáculo desconcertante y cautivador. Los monjes practican un rito antiguo que consiste en debatir entre ellos las doctrinas budistas.

En un tranquilo patio del monasterio, unos cien monjes se reúnen durante unas dos horas cada tarde, en pequeños grupos de tres o cuatro. Uno de ellos, según turnos internos, se sitúa de pie frente a los otros. Rosario en mano (en brazo), balancea su cuerpo ferozmente hacia sus “oponentes” mientras grita preguntas doctrinales que corona con una sonora palmada al aire, tras la cual la mano se dirige desafiante hacia sus interlocutores. Una auténtica batalla dialéctica de preguntas y respuestas.

Lo mejor de todo es que los monjes que permanecen sentados en el suelo, escuchando las agresivas preguntas de su compañero, mantienen una actitud risueña, casi de parodia. Aprendimos que dentro del debate budista el humor es un arma válida que se usa, no para ridiculizar al contrincante, sino para relativizar la fuerza de cualquier posición dogmática. Bello, ¿no?

Así, aunque el nivel de energía puede llegar a ser muy alto, las sentencias o preguntas lanzadas al aire como cañonazos no se convierten nunca en violencia física, sino que mantienen siempre su digno y contundente papel de hostia intelectual que permite seguir aprendiendo a la vez que se evoluciona el propio credo budista. Con cada reflexión una palmada que se suma a una histórica ovación al debate que esculpe el pensamiento.

Publicat dins de Reflexió | Etiquetat com a | Deixa un comentari