A ver cómo explico esto

A ver cómo explico esto.

 Nos acabamos de enterar del doble atentado en Noruega y de la muerte de Amy Whinehouse, y las dos noticias, en mitad de trenes y ciudades zaristas, en mitad, también, de la lectura de El hotel New Hampshire de John Irving, parecen parte de esta realidad turbada del viaje. Y ya sé que no es lo mismo, pero a ver cómo explico esto: te encuentras en el camarote de cuatro plazas, pequeñísimo,  con dos rusas (una de las cuales va en silla de ruedas) que no hablan ni una palabra de inglés (aquí nadie habla inglés, ni cuando un cartel así lo asegura) de un un tren con destino a Ekaterimburgo, y llegas después de 25 horas de traquetear y maldormir y tratar de comunicarte con la gente en un ruso errático (spasiva, pajolste, sdras v tze, das vidania)  y leer en El hotel New Hampshire la historia de un adolescente cuyo padre  tiene un oso y regenta una  pensión en Viena donde el espacio se reparte entre putas e intelectuales revolucionarios, y tiene también un hermano que asegura que la taxidermia es otra forma de religión (porque resucita a los muertos) y una hermana que ha sido violada y otra que padece algo así como enanismo. Y luego llegas a Ekaterimburgo, con toda esta vida en la cabeza, y negocias el precio de un taxi con un ruso que se llama Alfred, y llegas a un hotel del constructivismo ruso donde por suerte sí tienen una habitación y consultas el correo y La Vanguardia digital y lees que ha habido un atentado doble en Noruega y que ha muerto Amy Winehouse. Lo que quiero decir es que en mi cabeza la noticia tiene que convivir con el aprendizaje del ruso, el cansancio del tren,  y el oso de Irving. ¿Dónde queda la muerte de Amy Winehouse aquí y ahora? ¿Dónde el sufrimiento de Noruega? Se diluyen, como una lágrima en la lluvia, que diría el malo de Blade Runner.  A lo mejor siempre será así; a lo mejor el viaje impone distancia entre las cosas del mundo y el mundo. A lo mejor viajar quiere decir estar en un mundo nuevo, autorreferencial, fuera del mundo.

Me intriga, también, saber qué pasa con la idea de “casa”. Hace poco hacía recuento de todas las casas en las que he vivido, todas la primeras residencias donde he residido, y todas ellas suman ocho. Eso hace una media de una mudanza cada poco más de tres años. No creo que sea por esta intinerancia (que he vivido como riqueza, no como renuncia) pero me cuesta  saberme en casa, y la verdad es que ha sido para mí una de las fuentes de más agitación (no el cambio, sino el asentamiento: tengo una casa, ergo, me siento en casa). Hay quien se siente en casa en cualquier sitio, yo no me acabo de sentir en casa nunca. Leo en el prefacio de El infinito viajar de Claudio Magris: “Éste (el viaje) es circular; se parte de casa, se atraviesa el mundo y se vuelve a casa, si bien a una casa muy diferente de la que se dejó, porque ha adquirido significado gracias a la partida, a la escisión originaria”. Aunque esta idea convive con otra que aborda a continuación: “El viaje pasa a ser entonces un camino sin retorno hacia el descubrimiento de que no hay, no puede ni debe haber un retorno”. Así se abre un primer interrogante: Qué será  casa cuando volvamos a casa.

Y aún un segundo, tan tópico que casi da vergüenza: quién seré yo cuando volvamos a casa. Magris también habla de la  búsqueda de la identidad viajando y es extraño. Después de un periodo en que remotamente me he reconocido, después de una época de salto y pirueta, me parece difícil desentrañar quién soy durante el viaje. Aunque igual sí: igual mirarse en un espejo y reconocerse es más fácil en movimiento. Magris recuerda una parábola de Borges en la que un hombre intenta dibujar el mundo, y tras años de dibujar ríos y pueblos y montañas , justo antes de morir, descubre que lo que ha estado dibujando es la imagen de su cara: el mundo eres tú. Y tú no eres nadie, y a ser nadie se aprende viajando. “Mira els russos aquests”, decía Oriol en la cola del vuelo Barcelona-Moscú, “que tontets que semblen aquí, que no s’enteren de res, i quan aterrem a Moscou els tontets serem nosaltres”. Y era verdad. En Moscú, en Ekaterimburgo, no somos nadie. Pero es verdad que viajando  es preferirble a veces ser Nadie: que no me miren,  que no me hablen, porque no voy a saber qué contestarles;  pero también (por qué no, estoy de viaje…) puede ser  verdad su contrario:  “esto permite decir, haciéndole eco a Don Quijote: aquí yo sé quién soy”.

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3 respostes a A ver cómo explico esto

  1. Ignasi ha dit:

    Gracias por compartir vuestro viaje y dejarnos viajar con vosotros, porque seguramente cuando me levante de la silla de mi casa en la que estoy leyendo vuestro post, mi casa será distinta.

    • urivero ha dit:

      Gràcies a tu per llegir-nos, Ignasi. Nosaltres estem descobrint que casa nostra és només allò que ens fa sentir a casa. Per això ens abracem tant! Un petó ben fort

  2. Ana ha dit:

    Leyendo vuestro post me viene a la cabeza que yo estaba tambien de viaje cuando ocurrio el terrible atentado de las torres gemelas y recuerdo tambien el sentimiento que tuve de sentirme indefensa, tu casa despues de todo va mas alla de las cuatro paredes que te albergan cada noche.
    Un beso muy grande.

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