Tíbet es un cuento

     Hagamos caso a la petición del Dalai Lama que leemos en la Lonely Planet: id a Tíbet, dice, visitad todos los lugares que podáis y después contádselo al mundo (el mundo que sois vosotros).

     Tíbet es un cuento, por eso antes de empezar a leerlo hay que hacer un pacto narrativo: no se vale pasarlo todo por el filtro de la razón, vamos a dejar aflorar por fin la fe. Por ejemplo: la Historia de Tíbet, incluso la pequeña historia, es una concatenación de causalidades que mezcla mitología, religión y espiritualidad. Está plagada de yoguis que meditan en cuevas años enteros, sin ver el sol y apenas sin comer, personajes que entran volando y someten a las fuerzas del mal y consiguen instaurar el budismo, y la astrología ha marcado algunas de las decisiones más importantes de la Historia del país. Ya sabemos que todas las culturas tienen sus orígenes mitológicos, pero para la mayoría, ese origen mitológico es ahora poco más que algo pintoresco. No es así para Tíbet. Y aquí viene la verdadera magia: la paradoja. El budismo es una religión (¿la única?) que basa sus preceptos en un personaje histórico, no en una fuerza sobrenatural a la que nadie ha visto llamada, por ejemplo, Dios. En el budismo, los preceptos los dictó Sidharta Gautama, un hombre que existió de verdad en el siglo V a.C., que vivió como un príncipe hasta que decidió abandonar la vida de lujo y se dedicó a buscar la causa del sufrimiento humano. Al final de su vida llegó a la conclusión que sufrimos por culpa del deseo y del apego. Meditó bajo un árbol sagrado, consiguió la iluminación, y decidió reencarnarse para ayudar a los seres vivos a llegar, ellos también, a la iluminación, a un estado exento de sufrimiento.

     Otro ejemplo: en el cuento que es Tíbet los personajes son, también, de cuento. No parece creíble, por ejemplo, el comportamiento del pueblo tibetano respecto a los chinos. Quizás lo es un poco más después de leer Freedom in exile, la autobiografía del Dalai Lama del año 1990. Pero si no has cultivado lo suficiente la empatía, si estás lejos de conseguir la ecuanimidad budista, si vienes directamente de la cultura del ojo por ojo, como es el caso, es chocante y triste ver la avalancha de turistas chinos gritando y escupiendo, por ejemplo, en el palacio de Potala, la que fue residencia del Dalai Lama hasta que con 15 años tuvo que exiliarse para escapar, precisamente, de la invasión china. Los nietos de los invasores pasean sus cámaras y sus chaquetas North Fake por el escenario del crimen. Es chocante y triste ver la avalancha de turistas chinos, también, en el campamento base del Everest: un grupo gritón llega en un jeep, saca su bandera china, enorme, y van pasando uno tras otro a hacerse una foto con el Qomolangma (el nombre tibetano del Everest) al fondo y la bandera china en primer plano, bajo la mirada triste, resignada, de los tibetanos de la zona.

     Si no fuera un cuento, no sería creíble que el malo fuera tan malo y el bueno tan bueno. La vida real tiene matices, y no es que los chinos sean todos malos (ni siquiera sabemos lo que significa eso). Simplemente han aprendido en la escuela que Tíbet es chino porque hay un montón de razones históricas que así lo justifican. (Por lo que hemos podido ver, la escuela china es disciplinada, pero también autoritaria, marcial, manipuladora y castradora. Los tibetanos, por ejemplo, estudian su lengua sólo en primaria. En secundaria ya no hay clases de tibetano, aunque sí de inglés, y de chino, claro). Desde el año 59 los tibetanos viven en un régimen de pesadilla, que no por cotidiana, por larga, deja de ser pesadilla: de pronto dejan de ser un país libre, y eso se transforma no sólo en una invasión militar que mató a un millón de tibetanos y provocó que otros tantos vivan desde entonces en el exilio, sino también en una invasión comunista antirreligiosa (¡todo en Tíbet rezuma religión!) y de población: los chinos trajeron chinos a Tíbet y eso provocó tres cosas: una: el gobierno chino prometió sueldos altos a la población china que se trasladase a Tíbet. Eso ha hecho que los precios suban en Tíbet y que los tibetanos (a los que no se les subió el sueldo) no puedan acceder a los productos básicos y empobrezcan.

     Dos: como China tenía quería ser una, grande y libre, decidió que en Tíbet, como en el resto del país, también se plantaría arroz. Tíbet está a un mínimo de 3000 metros de altura, es imposible que en esas condiciones el arroz pueda crecer. El gobierno chino no escuchó y plantó arroz que no dio fruto, lo que provocó hambrunas que mataron a miles de tibetanos.

     Y tres: hoy hay chinos que han nacido ya en Tíbet y que, a nivel particular, no son culpables de nada. ¿Cómo se les explica que sus padres, que sus abuelos, fueron un instrumento de invasión, que por extensión ellos son unos invasores y no tienen derecho a sentirse dueños de Tíbet? Pero un momento: ¿y la comunidad internacional? ¿Y la ONU? La comunidad internacional, y la ONU, están encantados con China: mientras siga comprando nuestra deuda tendrá nuestra bendición. Eso también es de cuento.

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3 respostes a Tíbet es un cuento

  1. Irene ha dit:

    Ole! veo q estáis aprovechando el viaje al máximo!
    Me encanta entrar en mi correo y ver q hay una entrada en este blog!

    Muchos besos desde Barcelona!:D

  2. Txema ha dit:

    Uri veig en la foto del llac que t’has posat un piercing! Afaitat com a minim! Petons!!

    • urivero ha dit:

      Txema! Veig que la foto te l’has mirada bé. El piercing me’l poso per espantar turistes!
      Com va tot? Heu rebut alguna postal nostra?
      Seguim en contacte. Disfruteu de les coses de casa que quan tornem les volem disfrutar amb vosaltres.
      Mil petons
      uri

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