Kuala Lumpur es una escala

Kuala Lumpur causa recelo, un poco, al principio. Llegas al aeropuerto, tan grande, tan conectado con el mundo, y por un precio de risa tienes un autobús que te espera en la puerta para llevarte a una estación de tren puntera, reluciente, donde coges un tren luminoso, vacío, que cruza el cielo y te deja en el centro de la ciudad. De verdad: llegar a un aeropuerto y no enfrentarte a cientos de taxistas abalanzándose sobre ti y hablándote en un inglés mutante, no tener que negociar un precio que desconoces en una moneda cuyo valor todavía te parece incierto,  no estar pendiente de si el conductor te está dando vueltas que nada tienen de turísticas por la ciudad, es el paraíso. Porque llegar a un país nuevo, ya de por sí, tiene siempre un algo hostil que mina las fuerzas. Llegar a Kuala Lumpur también lo tuvo, pero a vez hubo algo fácil, ligero y bondadoso.


Desde el tren, de camino a la ciudad, ya puedes oler lo que le es propio: una capital de contrastes, como todas las capitales del sureste asiático (amplia, clara, alta, moderna, a la vez que densa y caliente), pero diferente: rascacielítica, desacomplejada, fluida, menos ingenua, más autoconsciente.

Y lamentamos que no haya lugar para el matiz, porque Kuala Lumpur sólo ha sido para nosotros una escala de dos días. Aún así, la imagen de las torres Petronas desde la base, gigantes, y la vista sobrecogedora desde la torre de telecomunicaciones ya se han hecho un hueco entre los recuerdos de otros lugares, más largos, más firmes.

Y también los centros comerciales: megaestructuras concebidas por alguna mente de otro mundo, pisos y más pisos, y marcas de ropa y Starbucks y árboles de navidad gigantescos y ñoños, con nieve artificial a 35º y papás Noel que sudan bajo el traje de felpa mientras una mezquita llama a la oración.

Y cines.

Dos noches estuvimos en Kuala Lumpur, dos noches fuimos al cine. Eso es posible porque, como pasa en la mayoría de países donde el inglés es un tronco y no una ramita que se quiebra, las películas están subtituladas, no dobladas.

La primera noche vamos a ver “New year’s eve”, una comedia romántica sobre Nochevieja ambientada en Nueva York. Es como ver un pulpo en un garaje: historias paralelas, ñoñas y perfectas como un árbol de navidad a 35º. El recuerdo, también, de que la vida en occidente sigue su curso, que Sarah Jessica Parker aún aguanta el vértigo de sus tacones imposibles y Hilary Swank envejece con estilo. Y de pronto recordar dónde estás: a mi lado se sienta una adolescente negra de rasgos asiáticos bajo el velo y tejanos pitillo, que se ríe exactamente de las mismas cosas de las que me río yo (¿qué extraño universo humorístico compartimos?), y envía mensajes por Whatsapp cuando las historias no le interesan. Kuala Lumpur es Nueva York. Y de vuelta, el fascinante monorraíl como una serpiente aérea mordiendo la ciudad.
La segunda noche cambiamos de centro comercial: éste tiene un cine con una de las pantallas más grandes del mundo, y un parque temático. Un parque temático dentro del centro comercial. Mientras esperamos a que empiece la película, nos subimos a la montaña rusa y revivimos el ansia adolescente de anteponer la adrenalina, el peligro, la euforia, a placeres más equilibrados. Nos mareamos –ya no somos los que éramos- pero repetimos, y llegamos al cine dando tumbos, a ver, claro, la última entrega de “Mission: Impossible”.

En fin, que Kuala Lumpur ha cumplido su función. Ahora, saciados de modernidad, volamos a Makassar, al sur de la isla de Sulawesi (Indonesia), donde nos ilusiona volver a caminar sendas menos transitadas.

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2 respostes a Kuala Lumpur es una escala

  1. REBECA ha dit:

    Hola Verónica… ya veo que es una maravilla el viaje que estáis haciendo.. me alegro mucho que todo vaya muy bien… Feliz Navidad de nuestra parte… y un beso muy fuerte…
    Pol, Felip, Rebeca.

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